La poesía en The Punisher

La serie de Netflix, que antes fue un cómic, siempre tuvo algunos lazos con la literatura.

Aunque varios amigos intentan convencerme con argumentos muy buenos, no suelo ver series sobre superhéroes. No es porque no me interesen, simplemente me abruma un poco la variedad de oferta disponible. Sin embargo, en unos días libres que tuve me enganché con The Punisher, una de las últimas alianzas entre Marvel y Netflix.

La historia es excelente, la dirección es formidable y el protagonista, Frank Castle, es uno de esos tipos que exploran los grises que hay entre el bien y el mal (papel consagratorio para Jon Bernthal). En el primer episodio, Castle aparece tirado en una litera leyendo la novela Moby Dick que le prestó su amigo Curtis, quien lleva adelante reuniones de apoyo a veteranos de guerra como él. Es un guiño a la historia, ya que Castle, al igual que el capitán Ahab, afronta una travesía para matar a su propia ballena blanca.

No es el único guiño literario en The Punisher, y esto me da pie para confesar otra razón por la que comencé a ver la serie: la nostalgia. Recuerdo leer el cómic a mediados de la década de 1990, cuando lo publicaba la desaparecida Editorial Columba y se conseguía en los kioscos de revistas. Por aquella época, mi versión preadolescente se maravilló con esa trama violenta llena de matices, tan diferente a la del resto de los héroes con capa y superpoderes.

En la historieta, ilustrada y escrita por Carl Potts, uno de los personajes secundarios leía poemas en su refugio, los cuales funcionaban para darle un marco a algunas viñetas. Era David Lieberman, también conocido como el hacker Micro, que en la serie de Netflix es interpretado por Ebon Moss-Bachrach. Gracias a este personaje descubrí a Robert Frost, uno de los mayores y más populares representantes de la poesía moderna estadounidense.

Recuerdo particularmente el final de una de las historietas con fragmentos de “El camino recobrado” (muchos años después me iba a enterar que es el poema más famoso de Frost), cuyos versos finales me siguen conmoviendo como el primer día: “Debo estar diciendo esto con un suspiro/ De aquí a la eternidad:/ Dos caminos se bifurcaban en un bosque y yo,/ Yo tomé el menos transitado,/ Y eso hizo toda la diferencia”.

Frost también inspiró a George R. R. Martin, quien reconoció la deuda con el poema “Fuego y hielo” para escribir su saga de libros. Y la verdad es que ese poema todavía suena en tiempo presente: “El mundo acabará, dicen, presa del fuego;/ otros afirman que vencerá el hielo./ Por lo que yo sé acerca del deseo,/ doy la razón a los que hablan de fuego./ Mas si el mundo tuviera que sucumbir dos veces,/ pienso que sé bastante sobre el odio/ para afirmar que la ruina sería/ quizás tan grande, y bastaría”.

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